La luz

Las cercas todavía no habían decidido arrebatarle la continuidad al terreno. Por eso allá, justo donde se unían las faldas de dos montañas, había un gran árbol que atrapaba los respiros y suspiros de las personas que acostumbraban a visitar su inmensidad. Particularmente, el árbol se llenaba con la luz de las letras que escapaban de los dedos de una muchacha vestida de dudas, amores, preocupaciones y musa. Los árboles recogen lo que fuimos, somos, y seremos, luego convierten lo que pueden en verde. Así es la naturaleza, recicla lo que existe para que todo permanezca en continuo balance. Lo que la gente ignora es que, lo que somos, se expulsa con tanta intensidad a través de todo lo que hacemos, decimos, pensamos y sentimos que nuestro entorno se empapa con el estado mental que tengamos en el presente. Y ahí es que la naturaleza sufre las consecuencias.
Por la colina iba rodando una bolita perdida de luz. Una canica transparente que con su curvatura dividía los rayos de sol en un reflejo multicolor que se posaba fugazmente sobre la grama. Las irregularidades del terreno la hacían brincar, y cuando volvía a tocar el suelo hacía un sonido casi imperceptible de campana de cristal, como si guardara en su interior los más finos instrumentos de vidrio. La canica se detuvo de repente a los pies de un gran árbol que abarcaba todo el cielo, como si este le regalara un abrazo omnidireccional a su reflejo. La sombra causada por tantas hojas apagó el brillo de aquella olvidada esfera. Ya no había en sus adentros, ni arco iris, ni sonidos, ni instrumentos. Y así pasó un largo tiempo, incrustada en entre raíces y escondida entre la verde grama que ocultó su existencia. En la oscuridad una perla no puede tener brillo y no vale más que una canica perdida, esta era una canica perdida...
Pronto la propiedad privada exigió una montaña y una absurda cerca separó cualquier ruta útil que llevara al árbol. Las letras de aquella alma que ocasionalmente le visitaba no lo pintaron más de verde. Poco a poco fue regalándole a sus marrones hojas lo único que podía: un pedacito de vida entregándolas al viento, hasta que ya no quedaba más que un tronco, ramas y recuerdos. Ya que nada la detenía, la luz se fue colando poco a poco hasta que tocó en el suelo una bolita escondida, y un pedacito de cielo se apareció lentamente adornando su reflejo. El brillo se extendió como si nunca se hubiese apagado en su interior. La canica no era vidrio, era oro encendido que alumbró hacia lo lejos, como si soltase un enorme bostezo de despreocupada iluminación. El resplandor viajó directito hacia sus pupilas.
Por la colina bajó corriendo un alma sedienta de luz, una muchacha con el deseo de encontrar la fuente de aquella emisión lumínica. Al llegar al llano tuvo que saltar la molesta división que la apartaba de su deseo, pero al cruzar la cerca algo la hizo detenerse. Una extraña urgencia de inmovilidad le arropó el cuerpo, como si el tiempo decidiese que no hacía falta seguir su ritmo. Luego lo comprendió, aquel lugar era donde hace ya mucho tiempo convertía sus preocupaciones, sus alegrías, su conexión con el mundo y sus vivencias en letras. Pero algo había cambiado, ahora faltaban mucha sombra, tanta vida. Esa imagen de pasado congelado que se alzó ante sus ojos le apretó el pecho, como si un viejo amigo se desvaneciera sin haber dicho adiós. Se conmovió hasta el punto de sentirse responsable de tan triste suceso. Pronto llegó sin ser llamado, el silencio.
Luego recordó que había bajado hasta ese olvidado lugar para encontrar el pedacito de sol que había visto brillar. Anduvo largo rato buscando, pero no encontró nada. No le restó más que sentarse con la espalda pegada aquel olvidado compañero y solo pensar. Exhalo letras de esas que no están escritas en papel, sino que flotan acurrucando pensamientos que de otra forma se escaparían con la brisa. El árbol puede que nunca vuelva a tener hojas, la canica puede que nunca sea encontrada, pero la luz, la luz que estuvo tanto tiempo perdida volvió a encontrar un lugar donde existir. Ella siempre supo que su nombre significaba luz, solo que este día, un árbol sin hojas le recordó que había una verdad más profunda guardada en su interior.
Otras cosas no las sé, solo tengo guardada la historia que aquel día me contó mientras dejaba escapar del interior de sus pupilas un brillo inigualable de esos que ahora salen con intensidad a través de todo lo que hace, dice, piensa y siente.
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Anita dijo
:) Hermosa historia!!
18 Enero 2011 | 04:55 AM