Diario 3: Escuchar el corazón
Nos arropan los deberes restándonos los minutos que podríamos usar para entrar en búsqueda, volvernos a nosotros mismos y escuchar nuestro corazón. ¿Cómo se atrapa la musa si dedicamos nuestra existencia a cumplir con los caprichos que nos propone la sociedad?
No, no pretendo encerrarla sin pelea, mi alma es libre de hacerse gestos. No, no las recibo como reglas estables, las palabras de los de arriba no son órdenes que acataré sin pensar. No, no me lastiman muy profundo, tus acciones contra mí son solo la respuesta de tu cuerpo ante lo inquieta de tu alma que se está cansando de ser domada, de ser reducida a no hacer nada, de seguir un camino ya trazado por el beneficio de unos pocos. No, no te contestaré con tu misma actitud porque la única arma que me queda en esta guerra es la paz.
Hoy me trató mal una empleada de una tienda. Se veía en su mirada que sus acciones estaban totalmente controladas por la nociva idea de tener que soportar muchas más horas de aquel suplicio. En esas ocasiones nunca me da con convertirme en contrincante, no se si es una extraña y ociosa enfermedad de no ser competitivo que a veces me arropa. Lo único que sé es que me visto de una estúpida alegría, como si me disfrutara cada milímetro de su seño fruncido, como si su tono acusativo fuesen caricias auditivas, como si sus movimientos chapuceros fuesen danza coreográfica.
“Muchas gracias, muy amable” fue lo único que se escapó de mi boca acompañado de una honesta sonrisa, ella me la devolvió con repentina tranquilidad. Y muy en lo profundo de mi ser me sentí alegre porque en su mirada pude ver que no va soportar mucho tiempo, aquella alma ya mismo le provoca entrar en búsqueda, volver se a sí misma y escuchar su corazón.
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Anita dijo
Da al mundo lo mejor de ti, aunque eso pueda nunca ser suficiente. Aún así... da lo mejor de ti mismo. Y recuerda que, a fin de cuentas... Es entre tú y Dios, nunca fue entre tu y ellos. (Madre Teresa de Calcuta)
13 Marzo 2011 | 08:36 PM